miércoles, 31 de agosto de 2011

"El Regreso" - Parte II

Otra muestra de afecto y no lo soportarìa, demasiado cariño frente a tantos años de abandono.
"Todavìa no lo sè..." escapando de los recuerdos, se refugiò en una frase que nadie creyò cierta.
Luisa acercò una bandeja con sabores y aromas de la infancia en Ambato. El mate cocido hirviendo, galletas de grasa, alfeñiques. Què ofrenda tan exquisita!, regalo precioso de un tiempo lejano, traìdo a su presente para halagarlo de tal manera que por poco olvido el motivo real de su viaje. Soñaba despierto con el crepùsculo de su tormento, con el amanecer de su vida.
Un gato sarco y pegajoso se le enredò en la pierna, haciendolo volver de la real abstracciòn en la que estaba inmerso. "Nieto, se llama Nieto" dejando en el aire sus tres patas, Amado lo levantò con una mano y lo apoyò suavemente frente al calentador a querosèn que templaba el rancho.

jueves, 25 de agosto de 2011

En Septiembre

En septiembre
Te perdì durante una noche descosida. Ni vos eras feliz ni yo tampoco lo era. Hablamos largo rato, como era ya costumbre...vos me amabas con locura, yo amaba mi libertad. Discutìamos cosas vanas, yo bostezaba sin mirar. Mientras -despreocupada- soñaba con otros mares, vos me arropabas......."No quiero tu comida", "Comè, que te hace falta"...meras discusiones discurrìan a lo largo de los dìas àquellos.
Salì de casa -¡sin abrigo!- dispuesta a vivirlo todo: el amor, el frenesì, la locura, luces de colores.
La calle era un parque de diversiones tètrico y free pass. Allì pude distinguir un circo, pero de verdad: mujeres barbudas, arlequines desfigurados por el olvido, indigentes mareados en su nube de recuerdos bailando del tiovivo al compàs y un niño, triste niño, que esperaba su mendrugo de pan.
Pasada la noche de aquelarre, volvì cantando feliz, envuelta en un velo de estrellas, encontrè la casa vacìa. Te habìas ido, pero sin mì...Buscando donde no estabas y esperanzada con algùn equivoco...paseè por toda la casa, hasta encontrarte despierta, aunque sin alma.
Tu corazòn aùn tibio susurrò que me amabas y supe que ya nada serìa igual: ni yo serìa la pequeña sirena mimada ni tù, mi Mamà.

"El Regreso" -1ra Parte-

El regreso
Asì de inadvertido fue el regreso a casa de Lautaro Encina. De hecho, nadie en la estaciòn aguardaba por èl. Sòlo los perros guachos acompañaban su paso, sin ganas ni apego.
Lo terrenal no era nada comparado con las casuchas a lo lejos. Pronto sentirìa frìo. Se detuvo a arroparse con una manta roìda y, de paso, a recuperar el aliento.
Los ojos marmòreos extendieron su visiòn escasa, corriendo el velo de grafito que reposaba sobre el pueblo y asì los colores regresaron vìvidos a las retinas.
El agua mansa de las acacias hubiera servido para refrescar su frente, como cuando niño, pero en pleno agosto sòlo incrementaba el deseo de llegar pronto a destino.
"Seremos uno" Ni la mas tiernas margaritas ni la mas cara alianza hubieran podido suplir tal promesa de amor. "Ella sonriò junto a la ventana y supe que su corazòn era el mìo" musitò estrujando su gorra con ambas manos.
"¿Lautaro?" Amado Serra apurò el encuentro a puro tropiezo: "Esperate, nos conocemos".
Volviò sobre sus huellas marcadas en el barro y se encontraron, despues de años, las miradas.
Todo el cariño y la ternura se agolparon en su corazòn, lo presionaban fuerte como aquèl gorriòn entre las manos aùn niñas de su hermana Josefina, queriendo retomar vuelo
"Amado!..." sin parpadear se lanzò a los brazos expectantes, làgrimas escaparon de manera involuntaria y, gracias a la fuerza de gravedad, fueron a parar a los mìnimos espejos de agua, de barro.
Una impactante sucesiòn de imàgenes, daguerrotipos de su infancia, volvieron a su mente para recordarle quièn era (Amado o èl).
!Què dicha Lautaro, volver a verte! Ha pasado tanto tiempo que te reconocì por pura casualidad. "¿Què se te ha dado por volver al pueblo? La Luisa te hacìa finado, pero yo te esperè siempre, amigo..." dijo sonriendo.

martes, 16 de agosto de 2011

El Centauro - Leopoldo Marechal (otro de mis favoritos)

En una tarde antigua
cuyo paso de loba
fue liviano a la tierra
pero no a la memoria,
extraviado el sendero
que ilumina la Rosa,
vi al Centauro dormido
junto al agua sonora.

Esto pasó en otoño,
cuando la selva entorna
sus parpados y olvida
la muerte de sus hojas,
cuando el sol pinta en Aries
el clavel de la aurora,
cuando los vientos gritan
y calla la paloma.

Perdido yo entre zarzas,
desnudo entre las rocas
hollaba la temida
floresta (¡en mala hora
mis pies abandonaron
el norte de la Rosa
por el zarzal doliente,
por las oscuras frondas!)

¿Fue acaso la impaciencia
del alma que a deshoras
ha encendido el aceite
de las vírgenes locas,
y buscando en la noche
mediodías y bodas
halla sólo el semblante
que le muestra la sombra?

Si arte fue de la noche,
si navío en zozobra,
¡que lo diga el Centauro!
Yo diré mi congoja;
porque duro es el viaje
y escondida la gloria
de hablar con un centauro
junto al agua sonora.

Todavía recuerdo
la hermosura tremenda
del antiguo animal
que dormía en la selva,
y el arrullo del agua
sin edad entre arenas
y flores que peleaban
su luminosa guerra:

Con el torso abrazado
de liqúenes y hiedras,
con la grupa en que ayer
jineteó la leyenda,
remontada en el aire
la flor de su cabeza
y los cuatro silencios
de sus patas en tierra,

parecía el Centauro
la figura secreta
de algún viaje que andaba
sin viajero ni estrella,
o el apretado libro
que aún guardaba la ciencia
de los frescos diluvios
y de la risa nueva.

"¡En otra edad —me dije—
la trotadora bestia
fue dolor en el arco
y armonía en las cuerdas!
¡En otra edad sin nubes,
cuando los días eran
graciosos almirantes
bogando entre sirenas!"

Bien ceñido a su frente
o enredado en sus greñas,
el laurel todavía
le formaba diadema;
en su barba de cobre
y en sus crines revueltas
se prendían zumbando
las melosas abejas.

Porque, al mirarle, digo
que sentía en mi lengua
resucitar un gusto
de antiguas primaveras,
como si levantando
sus losas polvorientas
de pronto regresaran
los días de inocencia.

"Sólo duerme —pensé
con el alma suspensa—:
el sueño, y no la muerte,
lo abraza en su tiniebla.
Si alguien con voz de niño
se acercase a la puerta
del Centauro y llamara,
tal vez le respondiera.

"Y una canción de oro
sería la respuesta
del animal, si hablara
su lengua verdadera.
Pero la voz del niño
no canta ya en la tierra:
¡Ya no abrirá el Centauro
su boca de azucena!"

Y por mudar el grave
color de las ideas
que ya tejía el alma
volviendo a su querella,
me acerqué a la guitarra
y en el haz de sus cuerdas
hice correr mis dedos,
bien sabe Dios que apenas.

¡Nunca debió tocarlas
mano perecedera
ni tentar el silencio
de la música eterna!
Porque de la guitarra
sólo brotó una queja,
pero un escalofrío
recorrió la floresta.

Las hojas tiritaron
y lloró cada breña:
respondían los ecos
en lejanas cavernas.
Y entonces vi que al solo
clamor de la vihuela
reanimaba el Centauro
su figura de piedra.

Corrió un temblor de luces
en su pelaje oscuro:
la mano retiró
de su pecho velludo.
Sus ojos al abrirse
desgarraron el humo
de las quemadas horas
y los años difuntos.

Y una hermosa violencia
despertaba en el bruto:
con su cola barrió
la hojarasca y el musgo.
Quiso hablar, y en sus labios
pareció que de súbito
se rompía la cáscara
de silencio maduro.

Preguntó:

sin frutos?
(¡Aquella voz tenía
cadencias de diluvio!)
"¿Quién, vestido de sombras
y emboscado en su luto,
se atreve a profanar
la guitarra del júbilo?

"¿Quién, entregado al hierro,
codicia el oro puro,
y audaz en la sentencia
que le dictó el orgullo,
con sus manos de un día
quiere abrir el sepulcro
donde ya es polvo y nada
la juventud del mundo?"

Pedía una respuesta,
con el semblante adusto:
sus cascos impacientes
removieron el humus.
Entre la maravilla
del oído y el susto
de los ojos temblaba
mi deseo nocturno.

Le respondí:

"Centauro,
modera tus impulsos
y escucha las razones
que dicta el infortunio.
No el orgulloso alarde,
sino la incuria,
pudo llevar a tu guitarra
mis dedos vagabundos.

"Por entregarme al sueno
y equivocar el rumbo,
la Rosa me ha negado
su admirable saludo.
¡Y así crucé la hondura,
y estoy en tu refugio,
y enardecí las cuerdas,
y amaneció el preludio!"

No bien oyó el Centauro
mis templadas razones,
en su región de bestia
puso medida y orden;
y como si escuchase
palabras interiores,
se rindió a la dulzura
con la mitad del hombre.

"Forastero —me dijo—,
¡bien anuncian tus voces
la congoja del hierro
y el afán de la noche!
Cuando en la plata nueva
lucía el oro joven,
cuando el sol y la luna
se cambiaban amores,

el Centauro afinó
sus orejas, y dócil
al grito de las almas
que perdían el norte,
les enseñó la ciencia
de partir horizontes,
con los rumbos dorados
y las plumas veloces.

"Pero la gaya ciencia
se recató en el monte:
dormida está en su lecho
de fatigado bronce.
La buscas, y se niega;
la llamas, no responde.
¡Se han perdido las llaves
y no giran los goznes!"

Si empezó en la tristeza,
concluyó en el suspiro:
se nublaron sus ojos
de color de jacinto.
Pero ya se atrevía
la esperanza, y un ritmo
de Centauro habitaba
para siempre mi oído:

"¡Bien reconozco ahora
tu verdadero signo
—le dije— y tu palabra
caliente como el vino,
y atento a la fogosa.
primavera del himno,
ya recobra su audacia
mi deseo dormido!

"Centauro de otros días,
iniciador antiguo,
¡que abandonen tus remos
esa cárcel de limo!
¡Reviva en tus arterias
el furor extinguido!
¡Rompe tus duras líneas
y cabalga conmigo!

"Sin látigo ni espuela,
sin freno y sin estribo
crucemos la encantada
provincia del sigilo:
firme yo en tus riñones
y a tus crines prendido,
tú devolviendo al mundo
su llorado prodigio.

"Si es un viaje terrestre
(lo prefiero yo mismo),
¡que nos abra la tierra
sus puentes y caminos!
La tierra es venerable
y armonioso el oficio
de combatir dragones
resucitando idilios.

"Si es otro tu elemento,
galoparé contigo
la ruta que frecuentan
los caballos marinos;
o el sendero del aire,
donde tiene dominio
ya la pluma del ángel,
ya la garra del grifo.

"Pero si te inclinara
mi voz, nuestro destino
sería Buenos Aires,
la durmiente del río:
¡Tal vez al saludarnos
dijeran mis amigos
que, despertando amores,
llegamos de otro siglo!"

Mi ruego así clamaba,
y el Centauro al oírlo
pareció recobrar
un instante su brío
(tal un corcel añoso
que desde su retiro
vuelve a escuchar la voz
del metal aguerrido).

Pero templó sus fuegos
el animal cautivo,
como si le tirase
las riendas al instinto.
Se desmayó en sus ojos
el exaltado brillo:
sus sienes dibujaban
el gesto negativo.

Me respondió:

"Si pesas
al Centauro dormido,
justo hallarás el peso
de su carne y su signo:
si calla, la justicia
gobierna su mutismo;
si duerme, su reposo
no es obra de castigo.

"¿A qué llorar, buscando
primaverales ritmos,
cuando en el aire silban
las hoces del estío?
Y cuando entre sus hojas
negrean los racimos,
¿a qué plañir las flores
de rostro fugitivo?

"¡Que duerman en el polvo
los caballos antiguos:
ya no tendrán jinete
ni empresa ni albedrío!
Con sus proas ancladas
y sus remos partidos,
¡no zarparán ya nunca
los audaces navíos!

"Porque logró la tierra
su madurez y ha visto
fructificar el árbol
que se lloró perdido;
porque, Jasón del aire
y Ulises del abismo,
nos ha llegado el nuevo
Señor de los caminos."

No dijo más. A tierra
descendía su frente,
y aún cantaba su voz
en la cúpula verde:
ya el silencio sagrado
recogía en sus redes
el adiós de un centauro
y el anuncio de un héroe.

Pero, yo no alcanzaba
sus razones, de suerte
que atento a los peligros
de la noche creciente,
sólo entendía, ¡oh ciego!,
la renuncia solemne
de aquel maravilloso
corcel entre corceles.

Fue así que levantando
las armas relucientes
del cazador, le dije:
"No perdieron su temple.
Bien resiste la cuerda,
limpio el arco se tiende
y aún la flecha conoce
los caminos del éter.

"Cazador, si tus lomos
ya no admiten jinete
y en tus remos la audacia
desmayó para siempre,
¡que tu pulso de arquero
no desmaye, y que vuele
tu saeta en procura
de un regalo celeste!"

Me respondió:

"En el sueño
de las armas advierte
que llegó la dulzura
sobre campos de aceite.
Yo te anuncio al donoso
cazador, al perenne
sagitario que acecha
sin carcaj ni lebreles.

“Yo te anuncio al arquero
de la pena, más fuerte
que Nemrod y que Diana,
la señora de nieve.
Porque a la muerte misma
cazó y a la serpiente,
vestido con el traje
severo de la muerte."

Respondía otra vez
con el no a mis afanes:
otra vez humillaba
corazón y lenguaje.
De nuevo, ante la bestia,
reñían en mi sangre
la animosa esperanza
y el recelo cobarde.

Y como ya la noche
plantaba su estandarte
de hiel en las vencidas
almenas de la tarde,
buscando a la zozobra
de mi deseo un mástil,
puse otra vez los ojos
en el Centauro grave.

Le dije así:

"Que duerman,
arquero, tus metales,
ya que otra ley asume
la gloria y el combate.
Pero si la justicia
de rostro venerable
no se ha perdido, escucha
la voz del suplicante:

"Ya me negó el caballo
su equitación y viaje,
ya el cazador me niega
las frutas de su arte;
ya sólo a mi esperanza
le queda ese linaje
de furor armonioso
que animó tus cantares.

"¡Descuelga la guitarra
(bien sé que a su cordaje
no en vano se aproximan
los dedos musicales)!
¡Abrázala, Centauro,
contra tu pecho, y tañe!
¡La música recobre
sus limpias mocedades!"

Así le suplicaba,
pero volvió a negarse,
¡oh guitarrero inmóvil!,
¡oh guitarra sin ángel!
Me respondió:

"Esa caja
no ha de rendirse a nadie:
ya es mediodía y sobran
las cuerdas matinales.

"Bajada de los cielos
y vestida de carne
la Música en persona
visitó a los mortales,
para entonar el himno
que rompe toda cárcel
y apura los delfines
de Arión el navegante.

"Si bien tañía Orfeo,
cuando por escucharle
bajaban de sus grutas
rayados animales,
¡no hay tierra que desoiga
ni cielos que no alaben
al Tañedor que pisa
las aguas sin mojarse!"

Negado a mis fervores,
pero atento a mi lucha,
tercera vez me hablaba
con signos y figuras.
¡Qué remontado el aire
de la bestia crinuda!
Su misterioso idioma,
¡qué cerca de la música!

Le dije al fin:

"Entiendo
que ya no queda ruta
por donde hasta la Rosa
me lleve la fortuna.
Tres veces ha quebrado
rni anhelo en tu cordura:
me dirigí a tres puertas
y no se abrió ninguna.

"Pues bien, si tus razones
otra verdad anuncian
y sí otro amor deshace
las viejas ataduras,
¡dime, Centauro, al menos
en qué tierra se oculta:
si flechero, en qué bosque,
si cantor, en qué gruta!"

Y respondió el Centauro:
"No esconde su dulzura
ni se rinde a las armas
del rigor o la astucia.

Porque sale al encuentro
de la sed que le busca:
porque su canto hiere
las orejas nocturnas."

En torno del Centauro
crecía la penumbra:
su cuerno de novilla
levantaba la luna.
Con el deseo en llamas
y la razón a oscuras
quise tentar el juego
de las palabras últimas:

"Y tu virtud —le dije—,
¿ya no dará su fruta?
"¿Ya no tendrás, arquero,
trabajos y aventuras?"
Apoyada en el hombro
la cabeza greñuda,
náufrago ya del sueño,
dijo el Centauro:



"Nunca".

Y aquel nunca final
recorrió la espesura:
los vientos agitaban
sus banderas de furia.
Después cayó la noche,
y en la selva profunda
se construyó el silencio
sobre firmes columnas.

Planta un Àrbol

Planta un árbol convencido
-aunque el sitio en que lo plantes
no sea tuyo y mueras antes
de saberlo florecido-,
que hará un pájaro su nido
a su abrigo acogedor;
que a un hombre trabajador
será su sombra propicia,
y que siempre beneficia
lo que se hace por amor.


-Antonio Alejandro Gil-

martes, 2 de agosto de 2011

Adio Vero!!! -Carlos Paez Vilaro- 02/11/77

Chau amorosa! Me llevo de ti la vida que me diste, el perfume de la florcita amarilla del costado del camino, que humedezco con mis lagrimas. Lagrimas viejas de un hombre joven en esta partida hacia un interrogante que ahora esta en tus manos resolver