El regreso
Asì de inadvertido fue el regreso a casa de Lautaro Encina. De hecho, nadie en la estaciòn aguardaba por èl. Sòlo los perros guachos acompañaban su paso, sin ganas ni apego.
Lo terrenal no era nada comparado con las casuchas a lo lejos. Pronto sentirìa frìo. Se detuvo a arroparse con una manta roìda y, de paso, a recuperar el aliento.
Los ojos marmòreos extendieron su visiòn escasa, corriendo el velo de grafito que reposaba sobre el pueblo y asì los colores regresaron vìvidos a las retinas.
El agua mansa de las acacias hubiera servido para refrescar su frente, como cuando niño, pero en pleno agosto sòlo incrementaba el deseo de llegar pronto a destino.
"Seremos uno" Ni la mas tiernas margaritas ni la mas cara alianza hubieran podido suplir tal promesa de amor. "Ella sonriò junto a la ventana y supe que su corazòn era el mìo" musitò estrujando su gorra con ambas manos.
"¿Lautaro?" Amado Serra apurò el encuentro a puro tropiezo: "Esperate, nos conocemos".
Volviò sobre sus huellas marcadas en el barro y se encontraron, despues de años, las miradas.
Todo el cariño y la ternura se agolparon en su corazòn, lo presionaban fuerte como aquèl gorriòn entre las manos aùn niñas de su hermana Josefina, queriendo retomar vuelo
"Amado!..." sin parpadear se lanzò a los brazos expectantes, làgrimas escaparon de manera involuntaria y, gracias a la fuerza de gravedad, fueron a parar a los mìnimos espejos de agua, de barro.
Una impactante sucesiòn de imàgenes, daguerrotipos de su infancia, volvieron a su mente para recordarle quièn era (Amado o èl).
!Què dicha Lautaro, volver a verte! Ha pasado tanto tiempo que te reconocì por pura casualidad. "¿Què se te ha dado por volver al pueblo? La Luisa te hacìa finado, pero yo te esperè siempre, amigo..." dijo sonriendo.