À travès de la ventana viò como el Zonda suspiraba acompañando la partida de las nubes somnolientas. Quizàs se llevara, tambien, las pocas esperanzas del viejo Lautaro.
Despues de discurrir largo rato acerca de los ùltimos hechos acontecidos en el pueblo (pàrrafo aparte mereciò el detalle actualizado de finados de Doña Luisa), llegaba el momento de tomar coraje y emprender el camino. Las vereditas angostas, polvorientas, repletas de jazmines pequeños serìan testigos de los pasos arrastrados. "Lautaro, venite a cenar", "A las siete estarè aquì" Muy a pesar de sus rodillas, se puso de pie ràpidamente y saliò pensando en llegar pronto a la casa. Cada paso era un recuerdo que pesaba lustros, cargados de añoranzas.
Cuando faltaban un par de metros se detuvo a observar puesto que, en perspectiva, la casa se veìa distinta. La fachada estaba despintada y las ventanas cubiertas de tierra. El viejo jardìn era ahora un retazo de naturaleza agreste y fuè casi imposible llegar hasta la puerta de entrada. Tanteò sus bolsillos hasta encontrar las llaves y se dispuso a abrirla.
Lo primero que viò fue la nada, la absoluta nada, acuchillada en su màs ìntima entraña por el haz de luz refractado desde las espaldas de Lautaro.
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