miércoles, 21 de septiembre de 2011

El Regreso lV

¡Cuàntas sensaciones! se acercò hasta el vajillero de nogal y se apoyo en èl buscando soporte, aunque el que èl necesitaba era, en realidad, de tipo familiar. Claro està: jamàs lo obtendrìa puesto que carecìa de familia o raìz. Pasò la mano sobre los estantes que guardaban aùn algunos libros de Astronomìa y Botànica (palabras casi desterradas, pràcticamente extintas del lèxico SXXI). Poco a poco descorriò las cortinas de encaje tejido y se sentò... se sentò a ahogar uno a uno los deseos de huir. Deshizo su bolso añil y se propuso devolverle vida aunque mas no sea a la cocina y a la sala de estar. Cuando hubo terminado de limpiar lo que pudo, mirò -por instinto- al reloj de la pared a su izquierda. Sus ojos se abrieron desmesuradamente por dos insospechados motivos: en primer tèrmino, la sorpresa de que el mismo funcione transcurrido tanto tiempo (desde que...) en segundo lugar, eran las seis y veinte: si no se apuraba llegarìa tarde a casa de Amado, haciendo oportuna la ocasiòn para ver al pequeño Amado hacer uso de su mutismo.

(Ella atravesò el Valle descalza, dejando en cada rincòn su tenue luz, su aroma a nardos recièn florecidos...mi corazòn era una granada carmìn muriendo abrasada al sol, desangràndose el nèctar sobre su estela y en el pecho sentìa la yerra marcando a fuego en mi piel sus ojos, sus dulces ojos que jamàs pude volver a ver).

Apenas doblò la esquina, Peregrino divisò la figura torpe de Lautaro y empezò a ladrar de manera enèrgica, dando giros sobre sì mismo, sobre un eje imaginario e inamovible. Prestando escasa atenciòn, era fàcil confundirlo con una figura de madera, gastadas sus aristas, salida de algùn carroussel del infierno. De èsta manera, el dueño de casa saliò a recibir al amigo esperado.
"Tamales, tamales y quesillo de cabra. Andà pasando que Luisa ya sirve la cena. Yo voy de Nereo a buscar la soda y el amargo, sabès?"

miércoles, 14 de septiembre de 2011

"El primer amor es, siempre, el mejor”

Gaby era como un suspiro de alivio frente a tanta adversidad.
Su cabello, del color del atardecer que nos encontrò perdidos en la ruta a casa. Sus pecas, sus graciosas pecas...del color de la arena barrida por el mar de abril. Tenìa manos de palomas y una mirada de almíbar a punto caramelo. Incluso su caminar era gràcil y todo èl era un poco del màs claro cielo.
Transitaba yo una vida sin penas ni glorias cuando, torpe como he sido y permanezco, lo atropellè camino al aula. Bastò una sonrisa para que se me vaya toda la vergüenza, una sonrisa nìvea y vaga, pero de una dulzura tal que me dejò soñando.
Ya no habìa pocas ganas de ir al colegio, ahora existìa una vital razòn para hacerlo: volver a verlo.
Desde àquel dia, el invàlido pizarròn verde oliva quedò en sombras. Mis ojos sòlo se dirigian a la ventana que daba al pasillo.
En ocasiones tuve suerte y logrè divisarlo cuando se dirigìa al baño o a la Mapoteca (allì la Sra Marga, ademàs de ponerte el mundo en las manos, te escuchaba. Tenìa el increíble don de aconsejarte sin aburrirte).
Me costaba horrores quedarme a la “sèptima” porque sabìa que, después de las seis, terminaba toda esperanza. No me quedaba otra cosa que hacer: escapaba a la terraza y allì me quedaba panza arriba, mirando el cielo (y ensuciando el guardapolvo), imaginando un amor para toda la vida, como una siempre sueña a èsa edad.
Hace dos dìas que Gaby no viene a clases, ya lo busquè en el ciber de al lado, en el kiosco de Osvaldo y nada, tambièn pasè por su curso pero no està. Seguramente està engripado. Mi ùnico temor es que haya quedado libre, con tantas llegadas tarde…”Mejor me voy a repasar historia antes que la vieja me agarre”. Ni siquiera lleguè al primer piso, la preceptora me interceptò en la escalera para que vaya a hablar a Rectorìa (tema: las 25 amonestaciones que me pusieron –de manera totalmente arbitraria- por putear a la de literatura). Quiso el destino que, mientras aguardaba al pie del cadalso, digo!!!! en la antesala de Rectorìa, escuchara el llanto acongojado y entrecortado de una madre. La Rectora intentaba contenerla:” Sepa, Señora que todos querìamos mucho a su hijo” El diàlogo no durò màs allà de un incòmodo saludo, interrumpido ante la imposibilidad de ambas mujeres de poder articular alguna otra palabra.
Me tocaba a mì ahora, entrè con miedo en mi interior pero envalentonada en la postura, defenderìa mi inocencia a toda costa. Làstima que la armadura me durò tan poco…de hecho, ya no me importaban las amonestaciones ni si quedaba libre: Gaby habìa muerto hacìa dos dìas, era su madre a quien vì salir vestida de llanto.
Fuè imposible contener todo: el dolor, la desesperanza, la ira…
Camino a su casa (la ùltima vez que lo vì) se lo llevò puesto un conteiner cargado de ausencias, incomprensión y falta de amor…nadie puede sobrevivir a èso..nadie. Y asì fuè como una sobredosis borrò, de un plumazo, los 15 años del “Colo”.

23 de octubre de ningún año: (porque no quiero saber hace cuànto que ya no te tengo) quedè libre, como vos.


“El primer amor nunca se olvida y sòlo por èso, mi corazòn permanece aùn tibio”

"El Regreso" III

À travès de la ventana viò como el Zonda suspiraba acompañando la partida de las nubes somnolientas. Quizàs se llevara, tambien, las pocas esperanzas del viejo Lautaro.
Despues de discurrir largo rato acerca de los ùltimos hechos acontecidos en el pueblo (pàrrafo aparte mereciò el detalle actualizado de finados de Doña Luisa), llegaba el momento de tomar coraje y emprender el camino. Las vereditas angostas, polvorientas, repletas de jazmines pequeños serìan testigos de los pasos arrastrados. "Lautaro, venite a cenar", "A las siete estarè aquì" Muy a pesar de sus rodillas, se puso de pie ràpidamente y saliò pensando en llegar pronto a la casa. Cada paso era un recuerdo que pesaba lustros, cargados de añoranzas.
Cuando faltaban un par de metros se detuvo a observar puesto que, en perspectiva, la casa se veìa distinta. La fachada estaba despintada y las ventanas cubiertas de tierra. El viejo jardìn era ahora un retazo de naturaleza agreste y fuè casi imposible llegar hasta la puerta de entrada. Tanteò sus bolsillos hasta encontrar las llaves y se dispuso a abrirla.
Lo primero que viò fue la nada, la absoluta nada, acuchillada en su màs ìntima entraña por el haz de luz refractado desde las espaldas de Lautaro.