jueves, 25 de octubre de 2007

La callecita de Amalia

En la callecita todavìa quedan mariposas, algunas amarillas, otras naranjas con lunares blancos y negras. El sol se desparrama en ella cada mañana para dar abrigo a los nidos apostados en las ramas, peladas todavìa a falta de primavera. Pronto naceràn màs gorrioncitos para chilllar por comida a primera hora de la madrugada.

Los autos no quieren transitar por la callecita porque allì el tiempo no siempre està presente y la gente que lo atraviesa llega tarde al trabajo (bueno, yo tambièn, porque me pierdo en la tibia luz que la acaricia) Allì no pasa el tiempo y es por èso que algunas puertas de calle y sus respectivos dinteles permanecen color sepia.
Sòlo la vieja Amalia, que camina durante dìa y noche ambas veredas velando por el silencio del lugar, cambia su apariencia pasando ràpidamente del sepia al color; A veces es la niña feliz que armaba figuras de barro en el patio de su casa, otras veces parece flotar entre los almàcigos de la abuela, o se mira al espejo con su blusa de broderì ocre y se recoge el cabello para ver còmo le queda..pero luego regresa a ser la vieja Amalia, con su batòn a rayas multicolor.

En la callecita hay un farol, muro de los lamentos de algùn enamorado, que escucha en silencio los tangos desgarbados que desgranan los amores despechados.

Pero en la callecita...en la callecita soy feliz.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me gustó, suena a la dulce dureza de la calle. Con sus locuras y coherencias q x ahí se pueden encontrar. Martín Ferreyra.