Pensé en éste como en el último epílogo, así, dandote el sol en la frente parado en la ochava.
Pensé en éste como en una tarde penosa de iridio...nada mas frío que tu mirada, nada más sombrío que mi alma. Ni siquiera pude sostenerte la mirada, ya se me habían cristalizado hasta los pocos glóbulos rojos que me quedaban en el torrente sanguíneo, formando estalacticas angulosas y vacías de cualquier sentido.
Pero... si aprendí que en tu abrazo se diluían uno a uno los abandonos, se fundían las esencias; pero si ni siquiera conocés la noche en la que me dejaste inmersa, ésa en la que me acerco de puntillas hasta la ventana de tus párpados sólo para sentirte cerca y saberte bien.
No me dejes. No me dejes no porque yo te ame sino porque el sol vendrá cegandome con su luz blanca y gélida de inviernos y querrá despertarme.
No me dejes. No porque vos no me ames sino porque vas a extrañar este satélite que baila al compás de su inexorable órbita.
Seamos distantes pero estemos juntos, porque el universo es inconmensurable y puede albergar la libertad de ambos.
Separémonos, pero sigamos siendo uno.