Su cabello rubio, mojado, me recordaba las espigas de los campos de trigo que atravesabamos de nña, con mi tìa Irma. Llevaba puesta una camisa gris, tan gris como lo era toda su imagen en conjunto, si hasta su existencia se adivinaba gris, pero aùn el màs opaco grafito iluminarìa el entorno mas que èl. Casi no existìa.
Fuè en esa noche gris que adivinè su mirada en mí, y devolvì la mirada; recièn ahì descubrì esos ojos de fuego lìquido, como caramelo a punto, como otoño a las 6...estaba vivo.
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